La Iglesia de Santiago está de aniversario. Y, hoy, día del apóstol Santiago, esta fecha adquiere un sentido especial. Ella comparte con nuestra capital y la patria su rica historia. Es más. Sin la Iglesia, no se comprende la historia de Chile. Ella quiere ser casa y mesa para todos; cree y espera mucho de su gente, se abre a todos sin distinción alguna. Es una Iglesia viva en una ciudad viva, que alimenta su actividad incansable en la lectura del Dios de la vida; en los signos de los tiempos que nos hablan de su cuidado y cercanía. Porque Dios nos siguen hablando en los pobres, desamparados, familias y jóvenes.
Decir Chile es hablar de la historia de la Iglesia y, más aún, de la diócesis de Santiago. Ella ha sabido de luchas, alegrías y esperanzas, aciertos y errores. Ha sido tan golpeada como admirada. Sí, legítimamente admirada por su servicio incansable a los más pobres y postergados.
Hablar de ella es hablar de personas. Recordemos hoy solo a dos de ellos. Mons. José María Caro, creador de numerosas parroquias en los suburbios de Santiago, dejó una huella que se ha cultivado ininterrumpidamente hasta hoy, con su predilección y sensibilidad especial por los más pobres. Tanto así, que una gran zona urbana lleva ahora su nombre. Y Mons. Raúl Silva Henríquez, pastor incansable, a quien tocó implementar los grandes cambios de la Iglesia Universal de los años 60 y sortear con maestría y sabiduría años difíciles de nuestra historia reciente. En sus más de 20 años de obispo se dedicó a lo que marcó toda su existencia: servir a todos en su Iglesia santiaguina y chilena.
En efecto, si hay una palabra que distingue a la Iglesia de Santiago es servir. El servicio a los más desvalidos, a los jóvenes y niños; a las familias y personas marginadas. La Iglesia se vuelve mesa común, espacio de encuentro y oración; jardín de diálogo y confidencia.
Está consagrada al apóstol Santiago y a María Inmaculada, la del cerro San Cristóbal. Tenemos el destino del apóstol, peregrino y compañero de ruta en los dolores, anhelos y esperanzas de los hombres y mujeres del Chile de hoy. Y en María, la madre, discípula y servidora del único Maestro.
450 años de pura juventud y entrega. La mesa es tan grande como la ciudad, como el corazón de sus habitantes. Ahora ella renueva su servicio, extiende su mano y le invita a compartir, orar, servir y dialogar. El mejor regalo para sus habitantes y para toda la ciudad.
P.Hugo Tagle
htaglem@uc.cl
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